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Sardinas y soledad: Las aventuras de Michael

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Sardinas y soledad: Las aventuras de Michael

Mensaje  Long John Silver el Jue Jul 24, 2008 9:56 am

Esta es una historia que escribí ante-ayer inspirado en el hilo post-apocaliptico, la primera parte ya la puse, pero me embalé y escribí un poco más al respecto, aquí está la historia completa. El titulo es medio en broma hasta pensar uno mejor y la historia está escrita pensando en Guayaquil, pero cuando recién la empecé me dejé llevar por la onda del hilo que me hizo pensar que el setting de la aventura sería Nueva York o alguna otra ciudad gringa por eso el protagonista se llama Michael y verán detalles gringos pero tiene un feeling guayaco, facilito le cambian a Michael por Miguel y así sucesivamente, si a alguien le interesa podría escribir el resto, sino ahi muere.

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El escalofriante silencio y luego ese gigantesco sonido ensordecedor.

Boom

El cielo rojo, amarillo, de todos los colores, el fuego ilumina la noche, la desesperación y el miedo se apoderan de la humanidad y los instintos primales se activan, corre sálvate, deja a todos atrás, sálvate. Es tu vida.

Boom

Gritos desesperados, mujeres con niños sin vida en sus brazos, llorando, quietas, esperando a que llegue el fuego, esperando la muerte. Una lluvia de sangre empapa a todos los que huyen, a los primeros, a los que lograron correr dejando todo atrás, a los cobardes.

Boom

Michael abrió los ojos asustado, estando boca abajo se levantó con facilidad. La tierra del piso pegada sobre su mejilla derecha lo hacía ver como un actor maquillado extrañamente, listo para alguna obra de teatro demasiado criptica para su gusto. Observaba su reflejo en el espejo partido que colgaba chueco de la pared, podía sentir el sudor rodando por su frente y le tomo unos segundos darse cuenta que no era sangre, que sus manos estaban limpias también.

El mismo sueño otra vez.

Sacudió su cara y se quito el sudor de la frente con la mano derecha, la secó sobre su pantalón casi inconscientemente y en ese momento notó que aún tenía el cuchillo en el bolsillo. Se reclamó tremendo error “siempre en la mano Michael” se dijo a sí mismo en un susurro y tenía razón, nunca se sabe cuando podía llegar alguna manada de animales salvajes o tal vez algo peor.

Avanzó navegando entre los cachivaches que él llamaba muebles y corrió la vieja cortina de plástico con diseño de flores naranjas que hacía las funciones de puerta del baño. Destapó con cuidado el gran barril azul de plástico y utilizando una de las 6 jarras que robó del centro comercial, lavó su cara, mojó su cabello y enjuagó su boca lo mejor que pudo. Había una tubería pequeña que sobresalía de la pared y que Michael hábilmente y con la ayuda de una java de cervezas para elevarse, utilizaba como urinario. Cuando terminó la tapó con un trapo y una piedra que parecía haber sido moldeada a la forma del tubo. Cuando salió del baño se acercó nuevamente al espejo y utilizando el cuchillo marcó una raya más en la pared.

“cuatrocientos veintitrés” dijo. “posiblemente domingo”

Agachó la cabeza y por un segundo los horrores de aquel día volvieron, la lluvia de sangre y el miedo, sobre todo el miedo. Pero fue su estomago y el fuerte gruñido que este produjo, lo que lo sacó de la horrible fantasía y le recordó la misión de todos los días. Apretó con fuerza el cuchillo y dijo

“Es hora de buscar el desayuno”

Avanzó hasta la esquina detrás del viejo y desgarrado sofá verde que rescató de las calles, levantó el ya familiar cartón de sardinas y con éste algo de polvo, que lo hizo dar un paso atrás pero el peso ligero del cartón lo dijo todo, las latas se había terminado, era momento de hacer otra salida.

Apagó la pequeña lámpara de aceite que mantenía prendida durante la noche y que colgaba peligrosamente de un alambre agarrado del techo. El cuarto se sumió en la oscuridad y solo los pasos sobre periódicos viejos con tierra encima y escombros pateados a un lado se escucharon hasta que un gran chirrido y un fuerte haz de luz invadieron el cuarto y dieron otra perspectiva al hasta ahora tétrico escondite al que Michael llamaba hogar. La puerta metálica, grande y oxidada, claramente reforzada y con bisagras del tamaño de un cuaderno pequeño se movía pesadamente en las manos de Michael, quien sin soltar el cuchillo se enfrentó a la luz del día como un demonio expuesto a la santidad del más puro de los clérigos, de aquellos que en este mundo no se han visto en años. Cubría sus ojos con su brazo izquierdo y aunque el calor del sol era agradable, a la vez era una sensación que ponía su piel de gallina y le traía a la mente tiempos mejores, tiempos que era mejor dejar atrás.

La luz puso en evidencia el desorden del lugar, cartones viejos llenos y vacios, muebles de diferente forma y tamaño y sobre todo muchas latas vacías inundaban el lugar. Las paredes eran de cemento sin pintar y en sus esquinas prosperaban las arañas según lo indicado por la cantidad de telarañas presentes. El polvo además de flotar por todo el cuarto y ser completamente visible por el haz de luz era también la sabana del cuarto y se podía notar los objetos que Michael usaba más frecuentemente ya que eran los únicos sin aquella capa de polvo. Entre ellos se encontraban algunos cartones con partes mecánicas, algunas de gran tamaño pero sin nada que indicara a que objeto pertenecían, para el observador común podían ser tanto un ventilador como una máquina de coser.

Una estantería metálica llena de oxido en las partes donde la pintura color mostaza ya no existía, descansaba apoyada en la pared, con 5 niveles, sostenía toda clase de implementos, herramientas y objetos. Había distintos llaveros colgando en uno de los filos frontales del tercer nivel, uno más extraño que el otro incluyendo la famosa pata de conejo y uno medio borroso de plástico que decía “Don’t mess with Texas” que Michael guardaba como recuerdo de un buen día. Había documentos viejos, cds con y sin caja, un martillo con la cabeza dañada, tarjetas electrónicas partidas, tornillos y clavos de diferente tamaño guardados en envases de cola de 2 litros cortados por la mitad, había tarros de pintura blanca seca, juguetes pequeños, un par de peluches, fotos y hasta una pequeña estatua de la libertad a la que le faltaba la antorcha.

El cuarto era muy distinto de cómo lo había encontrado hace ya más de un año atrás, pero era el lugar perfecto, escondido detrás de unos escombros, quedaba arriba de un edificio que conectaba directamente con la bodega interna de un supermercado cuya puerta principal se encontraba bloqueada por unas paredes derrumbadas. Nadie podía acceder a aquella bodega sin subir al edificio contiguo, llegar hasta el cuarto escondido de Michael y utilizar el sistema de poleas que se camuflaba entre los vestigios de los cables telefónicos y eléctricos.

Empujó la puerta hasta dejarla muy junta al marco y luego se paró en la esquina de la terraza. Observaba aun con asombró lo que alguna vez fue su ciudad, su vida, lo que antes brillaba increíblemente por las noches y sorprendía de actividad por el día, ahora muerta.

Dejando el pasado atrás se agarró de las poleas y puso el cuchillo en su boca, aunque no tenía porque, pero lo gustaba hacerlo porque le recordaba sus héroes de acción de la infancia. Se deslizo con cuidado de un edificio a otro, bien agarrado de los cables que el mismo instaló meses atrás y por los segundos que se encontró frente al vació su corazón se detuvo, como cada vez. Aterrizó firmemente y se dirigió directamente al pequeño puente de madera que construyó para poder llevar las provisiones de vuelta, levantándolo con algo de dificultad y soltándolo justo en el filo de manera que al caer en el filo del otro edificio uniera ambas estructuras. Siendo su hogar el lugar más alto, el puente quedaba en pendiente pero la distancia entre ambos edificios era corta, 2 metros y algo más sospechaba Michael, ya hace mucho que tomó las medidas y construyó con la madera que tomo de Home Depot aquella pequeña pero segura estructura de madera que tantas veces lo ayudo a cruzar de vuelta.

Dio la vuelta y se dirigió directamente al centro del techo, el lugar era amplio ya que el supermercado era muy grande, era una de esas cadenas que están por todo el país. Mientras removía las tablas y piedras que el mismo había colocado para disimular la entrada recordaba su primera incursión en el lugar puramente de casualidad. Había recorrido todo el supermercado pero este en su mayoría ya había sido saqueado por otros sobrevivientes, solo quedaban cosas ridículas como juguetes para perro y limpia sanitarios, inclusive las bodegas estaban saqueadas y solo quedaba un cuarto arriba completamente inaccesible sin un tractor y un grupo de profesionales. Ese día Michael exploraba el techo, más por diversión que otra cosa y de pronto lo notó, en el centro del techo un gran hoyo en el cemento, con varillas metálicas dobladas y todo como si un meteorito hubiera caído justamente ahí. El hoyo tenía 1 metro y medio de diámetro, era irregular y peligroso por las varillas que sobresalían puntiagudas y amenazantes, la oscuridad no permitía ver el fondo lo que le daba al hoyo un aspecto macabro según Michael, de muerte segura inclusive dijo en voz alta, todo esto relacionado con un incidente de su infancia que dejó marcas pero del cual no hablaremos ahora.

No tenía la más mínima intención de bajar por ahí, ni ahora ni después más preparado y con el equipo correcto, por suerte para él, el techo aun no había terminado de desmoronarse y el peso de Michael fue suficiente para que cediera. Una gran nube de humo se levantó en el lugar y Michael, sorprendido de seguir vivo trataba de reconocer con el tacto qué era aquél bulto plastificado que suavizó su caída. Mientras el polvo se disipaba y sus ojos se ajustaban Michael empezó a sentir el dolor después del susto, en su brazo derecho una varilla había hecho una herida profunda y parte de su frente sangraba por un golpe con un fragmento de techo. Se bajó del bulto y descubrió que era detergente, cientos de fundas de detergente apiladas desordenadamente como si las hubieran dejado a la mitad. Fue entonces que se dio cuenta donde estaba y sus esperanzas de supervivencia aumentaron en 80%.

Las siguientes semanas se dedicó a explorar y mover de un lugar a otro toda clase de alimentos y a clasificarlos por fecha de expiración para poder sacar el mayor provecho a la comida. De todos los alimentos disponibles el más abundante eran las sardinas, un gran pilo de cartones llenos de latas se levantaba en una de las esquinas, al parecer habían recibido un gran pedido recientemente y no habían podido despachar nada.

Con el tiempo había tenido que botar muchos alimentos que ya habían cumplido su fecha. De la manera más impulsiva e idiota, admitiría luego Michael, lanzó por el borde del edificio toda esa comida dañada, atrayendo toda clase de animales salvajes que buscaban alimento y que aprendieron que frecuentemente en ese lugar, caía comida del cielo. Esto le complicó fuertemente las salidas del edificio y por supuesto su agorafobia se acrecentó, que diría su sicólogo si estuviera aquí. Como le gustaría a Michael que estuviese.

Había destapado el hueco ya y veía la punta de la escalera sobresalir, empezó a bajar como tantas otras veces y se dirigió hacia la esquina de las sardinas, pero había algo extraño, había más luz, demasiada luz, fue ahí cuando notó que la puerta estaba desbloqueada y abierta de par en par, el pilo de cartones ya no era un pilo y quedaban solo 3 cartones, escuchó voces viniendo de afuera y su adrenalina se disparó, apretó fuertemente su cuchillo “Por qué no traje el arma” pensó y de pronto vio una silueta en la puerta que lo miraba.

“quieto” le dijo la silueta

Michael no pensaba hacerle caso.
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